
Alejandro Moreno, entre el duelo electoral y un discurso que incendia más de lo que propone
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José Pallotta/OGY: Mérida, Yucatán.
El Partido Revolucionario Institucional, hoy encabezado por Alejandro Moreno (Alito), parece haber encontrado de pronto una causa que durante décadas le fue ajena: la defensa de la democracia.
El problema es el momento. El discurso surge no desde la autocrítica ni desde una reconstrucción política seria, sino desde el dolor evidente de haber perdido el poder, las elecciones y, con ello, buena parte de su peso nacional.
Resulta inevitable señalar que no se debe hacer leña del árbol caído, pero también es imposible ignorar que el PRI tuvo más de 70 años para gobernar con sentido social, fortalecer instituciones y beneficiar al pueblo, y no lo hizo. Hoy, cuando el partido se encuentra al borde de la irrelevancia política, su dirigencia opta por el lenguaje del miedo, la exageración y la confrontación.
Un discurso de alarma… desde la derrota
En su comunicado, Alejandro Moreno advierte sobre una supuesta “narcodictadura terrorista y comunista”, comparando a México con Venezuela y a Morena con el régimen de Nicolás Maduro.
Sin embargo, el tono no construye ni informa: polariza, violenta y degrada el debate público, dañando más al país que a sus adversarios políticos.
El PRI anuncia que votará en contra de la reforma electoral y que acudirá a instancias internacionales, como si su voz tuviera hoy el mismo peso moral y político que en el pasado.
Lo paradójico es que muchas de las prácticas que hoy denuncia -control institucional, simulación democrática y uso faccioso del poder- fueron parte del ADN priista durante décadas.
La memoria selectiva del tricolor
Hablar de órganos electorales “capturados”, de pluralidad amenazada y de regresiones democráticas resulta, cuando menos, contradictorio viniendo de un partido que gobernó México sin alternancia, sin contrapesos reales y con elecciones que durante años estuvieron bajo su control absoluto.
La representación proporcional, los órganos autónomos y los contrapesos legislativos que hoy defiende el PRI no nacieron por convicción priista, sino por la presión social, ciudadana y de fuerzas opositoras que durante años enfrentaron al régimen tricolor.
El riesgo no es la reforma: es el lenguaje
Más allá del debate legítimo sobre cualquier reforma electoral, lo verdaderamente preocupante es que el PRI haya optado por un discurso incendiario, acusando, descalificando y sembrando miedo, en lugar de asumir su responsabilidad histórica y ofrecer una alternativa política creíble.
México no necesita más gritos de “dictadura” lanzados desde la frustración. Necesita partidos que entiendan que la democracia no se defiende cuando se pierde el poder, sino cuando se ejerce con responsabilidad.
Hoy, el mensaje del PRI no refleja una defensa genuina del sistema democrático, sino el eco de un partido que confunde la crítica con el resentimiento, y la oposición con la estridencia.
Porque al final, la democracia no se destruye solo desde el poder: también se erosiona desde discursos violentos, oportunistas y carentes de memoria histórica…(OGY)