
La reforma electoral que no buscaba aprobarse, sino exhibir a quienes dicen estar con el cambio… pero votan para conservar privilegios
José Pallotta/Editorial.
En política, no todas las iniciativas se presentan con la intención de ganar una votación. Algunas se envían al Congreso con un objetivo mucho más estratégico: obligar a los actores políticos a definirse públicamente.
Eso parece haber ocurrido con la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum.
La mandataria envió una propuesta que, desde el inicio, sabía que enfrentaría resistencia incluso entre partidos que formalmente integran su bloque político. No era un secreto que dentro del Congreso existen intereses que chocan con la idea de reducir privilegios o modificar la estructura del sistema electoral.
Sin embargo, el movimiento tenía otro propósito.
Exponer.
“Yo estoy conforme, logré que se exhibieran. Ahora los mexicanos ya saben quiénes son”, dijo la presidenta durante su conferencia matutina.
No es una frase menor. Es, en realidad, una jugada política calculada.
EL PLAN B QUE SIEMPRE FUE EL PLAN A
La discusión sobre la reforma electoral revive un tema que ha acompañado a los últimos gobiernos: el costo del sistema político.
La propuesta incluía puntos que durante años han sido bandera de debate público:
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Reducir el presupuesto del Instituto Nacional Electoral.
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Eliminar privilegios de diputados y senadores.
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Reducir el número de curules en el Congreso.
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Desaparecer las diputaciones plurinominales.
Medidas que, en el discurso, muchos partidos dicen respaldar.
Pero cuando llega la hora de votar… el entusiasmo desaparece.
Por eso la presidenta recordó algo que ya había advertido antes: el famoso Plan “B” electoral.
Aunque esta vez lanzó una frase que revela mucho del fondo político de la estrategia:
Realmente el “El Plan B siempre es el Plan A”.
Es decir, el debate no termina en una votación fallida. Apenas comienza en la opinión pública.
CUANDO LOS ALIADOS VOTAN COMO OPOSICIÓN
El episodio también dejó al descubierto una contradicción dentro del propio bloque político que acompaña al gobierno federal.
Partidos oportunistas como el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo, que en múltiples ocasiones han acompañado las iniciativas del oficialismo, mostraron reservas ante cambios que afectan directamente la estructura del poder legislativo.
Y es comprensible, desde una lógica estrictamente política.
Reducir diputaciones plurinominales implica menos espacios en el Congreso.
Menos posiciones.
Menos cuotas partidistas.
Es decir, menos poder.
Y en el sistema político mexicano, el poder rara vez se entrega voluntariamente.
LA PREGUNTA INCÓMODA
Detrás del debate queda flotando una interrogante que ningún partido responde con claridad.
¿Quién está realmente en contra de reducir privilegios políticos?
¿Quién se opone a disminuir el gasto del sistema electoral?
¿Quién defiende que existan más diputados financiados con recursos públicos?
Las respuestas no siempre se dicen en tribuna.
Pero sí quedan registradas en el tablero legislativo.
UNA JUGADA DE AJEDREZ POLÍTICO
La política es, en gran medida, un juego de estrategia.
A veces la victoria no consiste en ganar una votación inmediata, sino en mover una pieza que obligue a todos los demás a revelar su posición.
Eso fue lo que ocurrió con la reforma electoral.
No cambió la ley.
Pero sí cambió la narrativa.
Y dejó una fotografía política clara: quién dice querer transformar el sistema… y quién prefiere conservarlo.
Al final, el verdadero veredicto no lo dará el Congreso.
Lo darán los ciudadanos en las urnas…(Líneas Expresivas)