Hay hombres cuya presencia trasciende el tiempo no solamente por aquello que hicieron, sino por la huella humana que dejaron en quienes tuvieron la fortuna de conocerlos. Don Francisco Gabriel Cano Góngora fue uno de ellos: maestro, fotógrafo, camarógrafo, hombre de profunda espiritualidad y, sobre todo, un caballero de trato sencillo y carácter afable, cuya mirada sensible encontró en la fotografía una manera de conservar para siempre los instantes de la vida.
Francisco Gabriel Cano Góngora nació en Seyé, Yucatán, el 30 de enero de 1935. Desde su juventud fue un hombre inquieto, atraído por la naturaleza, sus paisajes y los pequeños detalles que muchas veces pasan inadvertidos. Años después, aquella sensibilidad habría de encontrar en la cámara fotográfica el instrumento ideal para detener el tiempo.
Estudió en el Seminario Menor de San Ildefonso, atraído por la doctrina cristiana y el dogma católico, fundamentos que consideraba importantes para la formación integral del hombre. Aunque no pudo concluir sus estudios, su paso por aquel recinto dejó en él una profunda huella espiritual. Fue precisamente durante aquellos años cuando comenzó a cultivar su afición por la fotografía: retrataba a sus compañeros y encontraba motivos para su cámara en los jardines y rincones de aquel tranquilo recinto.
Al dejar el seminario ingresó como maestro a la Academia San Agustín, en Mérida, donde conoció a quien habría de convertirse en su fiel compañera de vida, Fidelina Gamboa Echeverría, quien por entonces cursaba estudios de secretaria ejecutiva.
Don Gabriel fue congruente con sus ideales y con la espiritualidad que profesaba. Solía compartirla en largas e interesantes charlas, siempre acompañadas de aquella sencillez que caracterizó su trato cotidiano. Hombre íntegro y cabal, supo ganarse el respeto y el cariño de varias generaciones de estudiantes a quienes impartió cátedra en instituciones de educación preparatoria de Mérida y Valladolid.
Entre las materias que enseñó estuvieron Etimologías Grecolatinas, Ética, Lógica y Filosofía, disciplinas que lo convirtieron no solamente en un maestro de conocimientos, sino en un auténtico formador de buenos ciudadanos. Muchos de sus antiguos alumnos lo recuerdan precisamente por su humanismo, sensibilidad y profesionalismo.
La fotografía: su gran pasión
Pero si hubo una actividad que verdaderamente apasionó a don Gabriel, esa fue la fotografía.
Desde sus años en el seminario comenzó a experimentar con la cámara. Durante sus paseos y caminatas, acostumbraba a detenerse ante un paisaje, una escena cotidiana o algún rincón de especial belleza para convertirlo en imagen. Fotografió paisajes naturales, escenas marinas e incluso realizó fotografías submarinas, siempre movido por esa curiosidad que lo llevaba a descubrir nuevas posibilidades detrás del lente.
Con el paso de los años fue reuniendo cámaras, películas, herramientas y materiales propios de aquel oficio que terminaría convirtiéndose en una verdadera pasión.
Otra experiencia importante en su trayectoria fue su paso por Canal 13 de la Televisión Yucateca, donde se desempeñó como camarógrafo en eventos especiales y programas de aquella importante empresa de comunicación de Yucatán. Aquella etapa le permitió ampliar sus conocimientos y acercarse todavía más al mundo de la imagen.
Fue su esposa Fidelina quien, con visión y cariño, lo animó a dar un paso más: dejar de mirar la fotografía únicamente como una afición y convertirla en un oficio. La idea de establecer un estudio y un laboratorio fotográfico comenzó entonces a tomar forma.
Valladolid y el nacimiento de OMNIFOTO
El destino quiso que Valladolid se cruzara en su camino.
Después de su paso por Isla Mujeres, donde trabajó como jefe de meseros, emprendió el regreso hacia Mérida. En aquel trayecto conoció nuevamente Valladolid y, junto con Fidelina, descubrió en la ciudad el lugar ideal para establecerse. Era una época en que apenas existía un estudio fotográfico, por lo que las posibilidades de desarrollar aquella actividad eran prometedoras.
Así nació OMNIFOTO, que abrió sus puertas al público el 17 de agosto de 1974.
El primer cliente fue un señor que llegó para solicitar un retrato de su pequeño hijo destinado a elaborar unas “caritas”, un trabajo muy popular en aquellos años. Se trataba de un cuadro enmarcado que reunía varias imágenes del niño en diferentes poses, un recuerdo que muchas familias conservaban con especial cariño.
OMNIFOTO también se distinguió por sus servicios urgentes. En una época en que la fotografía todavía requería procesos completamente manuales, don Gabriel y Fidelina podían entregar determinados trabajos en cuestión de horas: tomar la fotografía, cortar la película, revelarla en su propio laboratorio y preparar las copias.
Era un servicio de enorme importancia para estudiantes y trabajadores, pues las fotografías eran indispensables para trámites escolares, certificados, títulos, diplomas y documentos oficiales como cartillas militares, pasaportes y visas.
Y en aquel pequeño universo de luces rojas, químicos, negativos y fotografías, Fidelina desempeñó un papel fundamental.
Fide, como cariñosamente se le conocía, fue el brazo organizador y laborioso del laboratorio. Con paciencia y delicadeza realizaba una tarea que hoy nos parece casi artesanal: coloreaba a mano las famosas “caritas”. Como todavía no se había generalizado la película a color, utilizaba tintas especiales para dar vida a las imágenes, pintando cuidadosamente las mejillas, la ropa y algunos detalles de los retratos.
Era, sin duda, un trabajo que requería paciencia, precisión y sensibilidad.
Un fotógrafo con alma de maestro
La historia de don Gabriel Cano no puede separarse de su vocación docente ni de su pasión por la imagen. Ambas actividades parecían formar parte de una misma manera de entender la vida: observar, aprender, enseñar y conservar.
A través de su cámara fue dejando testimonio de paisajes, personas y momentos que hoy adquieren un valor especial. Muchas de aquellas fotografías constituyen una memoria visual de una época que ya no existe, pero que permanece viva gracias a quienes tuvieron la sensibilidad de registrarla.
Don Gabriel falleció el 18 de octubre de 2020, dejando tras de sí mucho más que un estudio fotográfico. Dejó recuerdos, enseñanzas, amistades y una importante herencia visual que forma parte de la memoria de Valladolid.
Hoy, desde las páginas del Archivo Fotográfico Valladolid, rendimos homenaje a aquel sencillo caballero que encontró en una cámara una manera de mirar el mundo y en la enseñanza una forma de servir a los demás.
Su lente sensible supo detener el tiempo; su palabra supo orientar a generaciones y su carácter fenomenal le permitió ganarse el respeto y el afecto de toda una comunidad.
Don Gabriel Cano Góngora ya no está físicamente entre nosotros, pero su mirada permanece. Está en cada fotografía que nos devuelve un instante, en cada recuerdo que despierta una imagen y en cada vallisoletano que, al contemplar alguna de sus fotografías, vuelve por un momento a un tiempo que parecía perdido.
Su legado permanece detrás del lente y, sobre todo, en la memoria agradecida de quienes lo conocieron..(OGY)